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Javier,rondaba los 60 años, tenía un ritual. Cada viernes y sábado, poco antes de que el sol se rindiera a la penumbra de la noche, sus pasos lo llevaban al Parque próximo a su casa. No iba por el ejercicio ni por el aire fresco; iba por ella.
Siempre estaba allí, sentada en el mismo banco de hierro forjado bajo el viejo roble, el que parecía absorber toda la luz restante. La chica, de no más de veinte años, era una silueta constante de negro. Un abrigo oscuro, pantalones ceñidos y botas que parecían haber recorrido más caminos de los que su juventud sugería.
Javier nunca se acercaba. Se sentaba en el banco que estaba casi enfrente, fingiendo revisar un mensaje inexistente o cualquier otra cosa en el móvil, y la observaba. Ella jamás levantaba la mirada. Su semblante, marcado por una tristeza profunda y quieta, era casi invariable.
Pero siempre, en algún momento, ella sacaba de el bolso, una fotografía. Era la única vez que la veía sonreír, o al menos, esbozar un gesto que se acercaba a la ternura. Era un destello fugaz, un tic involuntario de los músculos faciales antes de que la losa del dolor volviera a caer. La foto debía ser el epicentro de su universo.
Javier con inalterable monotonía, después de una hora de vigilancia silenciosa,se levantaba del banco y abandonaba el banco.
Javier había fantaseado con mil historias. ¿Era un amor perdido?, ¿Un familiar?, ¿Ella había hecho la fotografía, o aparecía en ella?, ¿ Esa Fotografía es la que le daba el valor a su existencia?. La intriga de ese desconocimiento mutuo era lo que alimentaba su propio ritual. Él era un hombre que había aprendido a convivir con el silencio en su propia casa vacía, y la soledad de ella, aunque ajena, se había convertido en un eco familiar.
Un sábado Nueve de Noviembre, el aire era especialmente frío, y la luna ya reclamaba su sitio antes de tiempo. Y como si ese gélido tiempo, inusual para la fecha, fuera un presagio, la chica no estaba allí,no estaba en el banco.
Javier sorprendido e intrigado, se sentó en el mismo banco desde que siempre la observaba, esperó unos minutos,hasta que…
Rompió su regla, se levantó y se acercó al banco. Fue entonces cuando vio, que en el banco en el que ella no estaba, había un sobre justo a la derecha de donde ella solía sentarse, se sentó, cogió el sobre y lo abrió.
Javier sacó una tarjeta de el y al abrirla comenzó a sonar una melodía que le era familiar, Ramito de Violetas y en la tarjeta, en la hoja derecha había una foto de un prado lleno de ellas.
Fue inmediato, recordó que era Nueve de Noviembre. Cerró la tarjeta, la metió en el sobre, se lo guardó en el bolsillo derecho del abrigo, se levantó, volvió a su banco, esperó como siempre una hora pero ella no apareció…
Ni ese sábado ni ningún viernes o sábado siguientes….



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