Sábado, 21 de febrero. El día grande. Si la semana pasada fue el intento fallido de arranque, hoy el sistema operativo del Carnaval ha cargado con todos los drivers al máximo rendimiento. La ciudad vibra, literalmente. Desde mi sexto piso noto los vibraciones de la gente que va acercándose a la Plaza del carmen, como si hubiera un subwoofer instalado en la puerta de mi.
Ante la presión social (y porque, en el fondo, uno no quiere ser el único "usuario no registrado" de la fiesta), decidí disfrazarme. Pero a mis años, ponerme unas mallas de superhéroe o una peluca que pica es un "bug" que no estoy dispuesto a soportar. Así que opté por la solución más eficiente, aunque quizás la más irónica: el auto-disfraz.
Decidí disfrazarme de "Informático de los 90". O como me gusta llamarlo: "Yo mismo, versión 1.0".
La preparación del "skin" fue alarmantemente sencilla. Abrí el armario y saqué una camiseta negra que guardaba por pura nostalgia (y porque sigue valiendo como trapo del polvo) con la frase en letras verdes pixeladas: "There's no place like 127.0.0.1". Añadí un protector de bolsillo de plástico en la camisa (la herramienta definitiva contra las fugas de tinta, el verdadero cortafuegos analógico) y lo llené de bolígrafos y un destornillador pequeño. Como "complemento de hardware", cogí una maraña de cables Ethernet de colores que lleva años criando polvo en un cajón y que llamo cariñosamente "El Kraken". Me puse mis propias gafas y ¡listo!
Me miré al espejo. La línea entre el disfraz y mi ropa de estar por casa un domingo era peligrosamente fina. Era un chiste que solo yo entendía del todo. Un "huevo de pascua" en la vida real.
Me acerque a la Plaza del Carmen. Aquello era un ataque de denegación de servicio (DDoS) sensorial. Gente, música a todo trapo, luces estroboscópicas y una cantidad de alcohol en el ambiente que podría limpiar todos los circuitos de Silicon Valley. Yo caminaba con mi Kraken de cables en la mano, como un chamán tecnológico en tierra extraña.
Lo mejor eran las interacciones.
— "¡Eh, tú! ¿De qué vas?" —me gritó un tipo disfrazado de plátano gigante, con la voz pastosa.
— "Soy el servicio técnico de tu vida" —le respondí, levantando los cables—. "¿Has probado a apagar y volver a encender?"
El plátano se rio, aunque creo que no lo pilló. Otros me miraban con cara de lástima, pensando que era un señor mayor que se había perdido camino de una reparación de urgencia.
Aguanté un par de horas en el "servidor central" de la fiesta. Fue divertido sentirse parte del caos sin dejar de ser, esencialmente, yo mismo. Pero mi memoria RAM se satura rápido con tanto ruido. A las dos de la mañana ejecuté el comando de "cierre de sesión" y volví a la tranquilidad de mi búnker.
Al quitarme la camiseta y dejar los cables en la entrada, pensé que, en el fondo, todos llevamos un disfraz cada día. El mío solo resulta que es muy cómodo y tiene muchos bolsillos.
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